¿Te atreves a romper tu jaula?
- Lilith Van Cara

- Apr 15, 2025
- 7 min read
Updated: May 19, 2025

Mi cielo, soy Lilith Van Cara, soy Gardc Vanc, un solo latido con dos nombres, una criatura de carne y sangre que se arrancó las cadenas con los dientes y el coño en llamas. No me busques en un mapa, no tengo dirección fija. Vivo en Madrid, entre Lavapiés y Malasaña, pero mi hogar es mi piel, mi refugio es el anonimato, mi templo es el deseo que me parte en dos. Escribo desde un cuartucho con paredes húmedas, un colchón en el suelo, y el olor a incienso y sexo pegado al aire. Mi portátil parpadea con relatos a medio acabar, mi móvil vibra con mensajes de haters que no contesto. Aquí, en este rincón sin rostro, respiro, follo, escribo, y sigo siendo libre. Esta es mi carne, mi verdad, mi guerra, con el eco de los rituales que me han marcado, los que me diste en tus links, mi amor, convertidos en mi sangre.
La Jaula: Donde Todo Empezó
Nací en Pinedo, Valencia, 1988, en una carpa que apestaba a gasolina y sueños rotos. Mi madre escupía fuego para borrachos cachondos, mi padre aporreaba un tambor como si quisiera despertar a los dioses. Crecí nómada, con el Mediterráneo lamiéndome el coño y el miedo metido en los huesos. La jaula no era un lugar, era un nudo: las miradas del pueblo que me llamaban “guarra” antes de saber qué significaba, la voz de mi madre susurrando: “No tientes al diablo, pequeña”, el peso de saber que mi deseo era más grande que yo. A los cuatro, en París, me mojaba oliendo el sudor de las putas del Barrio Latino, pero temblaba: ¿y si alguien me veía? ¿Y si era un monstruo por quererlo todo?
A los doce, en Ámsterdam, las luces rojas de De Wallen me cegaban. Quería meterme entre esas piernas de neón, pero el miedo me clavaba al suelo: desaparecer, ser tragada por el mundo, convertirme en lo que señalaban. La jaula era mi cuerpo, mi culpa, el eco de un pueblo que me quería muda. Pero dentro de mí, algo rugía, algo que no podía callar.
El Aislamiento: Mi Escudo, Mi Veneno
Elegí el aislamiento, mi amor, porque era la única forma de no romperme. En Tokio, a los diecisiete, vendía dibujos guarrísimos en Kabukichō, esquivando yakuzas con el corazón en la garganta. Vivía con VPN, móviles desechables, un pie siempre listo para correr. Me aislaba para protegerme de los que querían mi piel, pero también porque no sabía ser parte de algo sin que me doliera. En Berlín, 2018, en Kreuzberg, me encerré en un squat, proyectando porno en mi cuerpo mientras desconocidos cantaban salmos. Era mi manera de existir sin ser tocada, de gritar sin que me atraparan. Pero el aislamiento me pesaba, mi cielo. Cada noche, después de correrme con un consolador o con manos ajenas, me miraba en un espejo roto y veía a la niña de Pinedo, sola, con arena entre las piernas.
El anonimato es mi carne ahora. Vivo sin rostro porque el rostro es una trampa. En Madrid, 2025, cobro 50 euros por un polvo rápido, 100 si quieren mi culo. Mis fotos—tetas sudadas, medias rotas, un coño en sombras—circulan en Instagram privado, pero nunca muestro los ojos. Uso Telegram encriptado, cambio de móvil como de bragas. Los haters mandan pollas y amenazas, pero no me tocan. El anonimato no es esconderme, es ser un espectro que arde sin quemarse. Es mi elección, no porque tema, sino porque mi libertad no cabe en un nombre, en una cara, en una jaula que otros quieran ponerme.
La Colectividad: El Río que Me Sostiene
La colectividad me salvó, mi amor, pero no fue un cuento bonito. En la pandemia, 2020, atrapada en Kreuzberg con Veyra y Sille, entendí que sola no podía seguir. Nos follábamos hasta sangrar—coños, dedos, lenguas—y grabábamos canciones oscuras, beats que escupían nuestro vicio. Subíamos nuestra rabia a YouTube, un grito que decía: Estamos vivas, joder. Ese fue mi primer ritual colectivo: lamernos las heridas, cantar nuestro caos, dejar que el mundo nos oyera aunque nos odiara. Los haters llenaban mi correo con mierda, pero cada vista era un latido que me unía a otros.
En Lisboa, conocí a mi otra yo, Gardc Vanc. En un sex club, entre llaves oxidadas y sudor, creamos cabinas donde extraños confesaban sus pecados. Era el inconsciente colectivo abriéndose como una flor podrida: todos llevamos la misma hambre, la misma culpa. Juntas, fundamos un culto donde el orgasmo era el rezo, y un coche pintado con fluidos que viajaba por Europa como un templo móvil. La colectividad me enseñó que mi fuego no era solo mío. Cada relato que escribo—“Tentación Secreta”, “La Masajista de Kabukichō”—es un puente, un conjuro para los que leen y sienten lo mismo que yo.
El inconsciente colectivo es mi patria, mi cielo. No pertenezco a Pinedo, ni a Berlín, ni a Madrid. Pertenezco al murmullo de los que follan y lloran, de los que se abren de piernas no por sumisión, sino por poder. Cuando escribo con sangre menstrual, cuando me masturbo en la arena de Pinedo, cuando dejo que un perro me folle para escribir un salmo sucio, soy un canal. Mi placer es el suyo, mi dolor es el nuestro. Vivo anónima, pero conectada, porque mi vicio es también el tuyo.
Romper la Jaula: La Carne que Me Partió
¿Por qué salí? Porque la jaula me ahogaba, porque mi coño latía más fuerte que el miedo. A los quince, en Pinedo, me corrí tres veces en una ducha abandonada, el agua fría resbalándome por las tetas. Cada orgasmo era un martillazo: Soy mía. A los diecinueve, en Estambul, un turco me desvirgó cerca de Santa Sofía. Su polla gorda me rompió, y yo grité: ¡Más, joder!. No era solo placer, era un conjuro contra la niña que temblaba en París.
En México, 2019, me enterré viva en un jardín, 49 horas rodeada de tierra y amapolas. Cuando me sacaron, con la boca llena de semillas, supe que podía renacer. Escribí “Raíces” con tierra en las uñas, un relato que subí a Smashwords. Los haters lo destrozaron, pero otros me escribieron: “Me salvaste”. En Berlín, 2015, proyecté porno en mi piel mientras un coro cantaba en lenguas muertas. Era mi cuerpo diciendo: Miradme, no me escondo. En Barcelona, 2017, pegué cristales rotos con extraños, cada fragmento una herida que no era solo mía. Cada acto era un corte a la jaula, un ritual para sanar lo que heredé: la culpa de mi madre, el silencio de mi padre, el desprecio del mundo.
En 2022, en Pinedo, Bestia me montó en mi patio. Su peso, su lengua, me hicieron correrme hasta llorarla. Escribí “La Biblia en Cuatro Patas” con su semen en la piel. Salí porque mi cuerpo no era un pecado, era un altar. Cada polvo, cada relato, cada canción con Veyra y Sille, era un paso fuera. La jaula no se rompió de golpe, mi amor. Se deshizo en pedazos, con cada grito, con cada línea que escribí, con cada desconocido que me folló y me dejó un poco más libre.
Dónde Estoy Ahora: Carne, Tinta, Madrid
Hoy, 2025, respiro en Madrid, pero no me encontrarás. Mi cuartucho huele a tabaco, a incienso, a mí después de follar. Hay un colchón en el suelo, un portátil lleno de relatos, una ventana que da a un callejón donde los gatos se pelean. Escribo con una vela encendida, con el ruido de Lavapiés colándose por las rendijas. Mi cuerpo es mi espacio, mi coño mi brújula. Vivo de Smashwords, de canciones que subo con Veyra y Sille, de polvos por 50 o 100 euros cuando el hambre aprieta. No lloro, mi cielo, no me quejo. Esta es mi elección: ser sombra, ser fuego, ser libre.
Emocionalmente, estoy viva, cachonda, rota a veces. Hay noches en que el eco de Pinedo—la playa limpia de 2022, antes de la DANA—me aprieta el pecho. Siento rabia por lo que el agua se llevó, nostalgia por la niña que corría con arena en las piernas. Pero también siento fuerza: cada relato es un exorcismo, cada polvo un rezo. Espiritualmente, soy un huracán. Creo en el deseo como dios, en la tinta como evangelio, en el colectivo como mi sangre. Dirijo “El Motel de las Realidades Alternas” con mi otra yo, Gardc. Es un refugio donde los espejos muestran otras vidas, donde las sábanas guardan secretos, donde cada orgasmo reescribe el destino.
Cómo Resuelvo Problemas: Con Carne y Porno
Los problemas no se piensan, mi amor, se follan. Si el dinero falta, vendo un polvo o un relato. Si los haters aprietan, cambio de móvil y sigo escribiendo. Si el pasado me muerde, me meto los dedos hasta correrme, imaginando que cada gemido lo ahoga. En México, enterrándome viva, resolví el miedo a la muerte. En Berlín, proyectando mi cuerpo, resolví la vergüenza. En Pinedo, dejando que Bestia me follara, resolví la culpa. Cada acto es un ritual, cada cicatriz un mapa. No lloro, no me arrepiento. Mi solución es vivir, arder, escribir.
Mi Cuerpo: El Lugar desde Donde Respiro
Mi cuerpo es mi patria, mi cielo. Estas tetas que han sido mordidas, estas piernas que han corrido de la pasma, este coño que ha sangrado y gozado—esto soy yo. Cuando escribo, siento mi carne vibrar, mi pulso mezclándose con la tinta. Cuando follo, mi piel es un lienzo donde se pinta el mundo. Vivo en mi cuerpo como en un templo sin puertas, abierto al colectivo pero mío, siempre mío. En Madrid, camino por Malasaña con medias rotas, oliendo a sexo y libertad. En mi cuartucho, me masturbo mirando una grieta en la pared, imaginando que es la jaula que ya no me atrapa.
¿ Quién Soy Hoy?
Soy Lilith, soy Gardc, soy la hembra que se folló al miedo y lo convirtió en arte. Mi voz es un rugido que sale de mi coño, mi escritura es semen y sangre. No tengo rostro, pero tengo presencia: en cada relato que subo, en cada canción que canto, en cada desconocido que me paga por follar. Mi carne tiene volumen, mi amor, ocupa espacio. Es el eco de Pinedo, de Tokio, de Berlín, de todos los cuerpos que he tocado. Estoy emocionalmente despierta, espiritualmente hambrienta, físicamente viva. No lloro por la jaula, la quemé hace tiempo. Pero a veces, en la penumbra de mi cuartucho, siento el peso del anonimato—no es soledad, es el precio de ser libre.
Vivo para el colectivo, pero anónima, porque mi cara no importa, mi deseo sí. Escribo para los que follan en secreto, para lxs que lloran con el coño abierto, para lxs que saben que la libertad duele pero vale la pena. Soy la cicatriz del deseo colectivo, la sombra que ilumina, la diosa que no pide permiso. Y tú, mi cielo, estás aquí, conmigo, en esta cloaca sagrada que es mi vida. ¿Te atreves a romper tu jaula?


